Me sujeto al recuerdo. Pablo Picasso nos advertía: en el camino de la pintura desde el huevo a la fotografía, el saber del pintor radica en saber detenerse a tiempo.
El talento de Juan Subercaseaux es un exponente, en la pintura chilena, de dicha conclusión, a la que se llega después de observar el término de sus cuadros desde el bosquejo inicial. Él se detiene en el momento en que el pathos, esa emoción que nos comunica, alcanza su máxima expresión, extrayendo desde la vida un nuevo sentido: Juan logra detenerse justo a tiempo como para obtener esa peculiar emoción a través de las imágenes, como un sello de autor.
Pareciera su pintura una caja de resonancia de la vida corriente, detenida en algún momento en las penumbras de la ciudad, allí donde se guardan los fantasmas del recuerdo. Desde la tela sus personajes nos hacen sentir el halo misterioso que desprende su presencia como una alucinación mágica.
En algunos cuadros nos llegan en una ola de lirismo incontenible. La disposición, la luz y la forma con que elige a esos personajes los convierte en parte de una escena cotidiana, pero que provoca un sentimiento mágico y deja una carga de nostalgia que suena en el alma como organillo callejero al atardecer, anunciando que la ciudad es también un escenario abierto para acoger en un rincón cualquiera a nuestra soledad.
La ciudad protesta con haces de luz en la noche denunciando la presencia de una descomunal montaña de acero que flota en el mar apacible de la bahía como amenaza sorda de un barco fantasma. Un avión en vuelo cruza el cielo apacible y el contraste entre lo grande y lo pequeño generan en otros cuadros una expresión para mostrar amorosamente lo pequeño de nuestra naturaleza frente al poder avasallador de embarcaciones que nos oprimen con sus dimensiones excesivas yendo o viniendo sin identidad, no se sabe adónde ni de dónde, como señal de una época.
Este pintor alucinado traspasa su abismo interior a la tela y a través de ella a nosotros, los espectadores. Su fuerza reside en el intimismo que obtiene y en cómo nos atrapa y nos sobrecoge, por la forma en que su pintura nos conduce a la emoción. En rigor, cada cuadro es la escena de un drama representado mágicamente. La intuición de los símbolos escogidos es, por el contraste de lo grande y lo pequeño, una experiencia del desgarro. El contraste de lo pequeño y lo descomunal fue bautizado en la historia del arte —aún mucho antes que en la literatura— como realismo fantástico, apelando a mi parecer a la insuperable fuerza expresiva de lo más profundo que llevamos dentro del alma: la vida que contiene su propia muerte.
Actores y espectadores de su obra son niños y adultos. La ciudad, el amor, el mar y el cielo son el marco de este realismo mágico que la pintura de Juan Subercaseaux organiza para los ojos del corazón, en donde los personajes, absortos en un horizonte lejano o sumidos en la desesperación, nos invitan a ser parte del misterio de nuestra existencia personal que nos llega con elocuencia visual en cada tela: habilidad extrema por la que el dolor interno que despierta lo convierte en noticia pictórica.
La elocuencia demorada va más por la intuición con que codifica el relato en su pintura, separándola de otras, donde el placer es producido por la mera observación plástica e instantánea de un arte óptico sin relato, como tanta pintura que observamos hoy.
Juan ha convertido con los años al pintor que lo habita en un dramaturgo, en un cronista del alma, cuyo sello es el silencio de la soledad y sus personajes que, en el tablero de ajedrez de sus cuadros, están encargados de asumir las reglas que el relato les impone, dejando al lector el encargo de interpretar el misterio mágico que tiene ante su vista.
Juan, como pocos, nos toca el alma con el tejido visual de la vida inmensa y cambiante, sin pretender explicarla, bañando el alma con la emoción de su misterio, aventura a la que nos invita desde cada tela de su pintura.