Persiguiendo una visión a través de un laberinto
Noche
Eres la solución del sistema solar, la incógnita resuelta de las ondulaciones
que establecen en la tierra y el mar el equilibrio,
la madre de los sueños, donde empieza
toda sabiduría.
Gonzalo Rojas, 1940
El viaje con la pintura de Juan Subercaseaux talvez comenzó cuando, aún muy niño, recibió un sorpresivo premio en el colegio que consistía en un libro de arte surrealista; imágenes que lo remecieron y detonaron un lenguaje que lo marcó y que ha ido meditando y desarrollando a través de su vida. Hay artistas que trabajan solitariamente, en el silencio del taller; pertenecen sólo a sí mismos, sin que nadie importune el camino, persiguiendo una visión personal que se va desenvolviendo lentamente en su intimidad. Sin tener la necesidad de celebridad exterior. Este es el caso de Juan Subercaseaux.
Su trabajo le llevó a estudiar la técnica de la veladura con el maestro Ernst Fuchs en Reichenau, Austria. Con esta herramienta ha conseguido traducir el misterioso mundo de imágenes autobiográficas que le han perseguido desde su niñez. Su biografía es el padrón de su obra y nos transmite un mundo que existe en esa geografía única, entre sus recuerdos y sueños.
La pintura que inventa la persigue como en un laberinto de espejos que proyectan su imaginación. Las ideas se decantan lentamente; a veces pasan años hasta que una poesía, un momento o un recuerdo tomen forma. Al ordenar las imágenes, la simbología y los elementos que componen la metáfora de cada pintura adquieren un rito en que el tiempo está involucrado. Desde la búsqueda de los modelos hasta encontrar la arquitectura o paisaje que interpreten lo imaginado. Hay dibujos preparatorios donde se decantan, se simplifican y maduran las ideas hasta quedarse con el núcleo.
Subercaseaux pinta sobre madera. El formato que usa es de proporciones íntimas. Hay un ejercicio de labor técnica muy minuciosa, hay una alquimia involucrada que consiste en ir cubriendo por capas de pigmentos el dibujo ya fijado. Estas veladuras van interactuando, formando así un total que se traduce en esa atmósfera tan especial, que nos transmite su obra.
Las escenas se ordenan como cuando se fijaron las constelaciones, con un orden secreto. Escenas que sólo la metafísica puede descifrar. Escenas que alcanzamos a apreciar gracias a que las iluminó un relámpago y Subercaseaux las congeló en su obra.
Escenarios crepusculares con ritmo de sueño que son el telón de fondo de estas obras y que se repiten constantemente. Este cielo nocturno desprovisto de profundidad, de distracciones externas, transforma a los actores elegidos en seres que cobran una dimensión y un peso únicos. Así Subercaseaux nos transmite ese ruido del silencio, dejándonos con la retina llena de su mundo cargado de fuerza espiritual.
Mi madre, Gerda Sommerhoff, sacaba fotografías de retratos. Además incursionó durante toda su vida en la pintura y la escultura. Mi padre murió cuando yo tenía 12 años, provocándome un dolor casi físico. Mi abuela paterna, Ximena Morla, era una gran pintora. Muchos recuerdos de mi infancia incluyen pinceles, tarros llenos de colores y olores a trementina. Talvez los más intensos me llegan del campo de mis abuelos. Un lugar abandonado por el mundo en el sector costero de la provincia del Maule. Ahí veía a mi abuela Ximena pintar murales de santos en los interminables corredores de la antigua y reposada casa de adobes; sentada en una silla, de pie, o subida en una escalera con su pañuelo de seda blanca en la cabeza, su capa oscura, sus zapatillas de lona y su mirada resuelta y azul. El vía crucis que pintó mi abuela en la capilla, que aún existe deteriorado por los años, debe ser una de las obras más bellas que se han pintado en Chile. Creo que en esos campos aprendí también a gozar de la soledad. A pasar horas en contacto conmigo mismo y con la naturaleza que me rodeaba, que no era exuberante pero que, talvez por lo mismo, era de una fuerza y un magnetismo extraños.
En esa época comencé a dibujar. Mis primeros temas fueron los normales de un niño de diez años: aviones, extraños inventos y aventureros copiados de revistas, aunque también recuerdo que dibujaba rostros de hermosas mujeres que inventaba o copiaba. También puedo recordar algunas imágenes de pintores que me impactaron con mucha fuerza en esos años. Especialmente las de un libro en francés sobre los pintores surrealistas, el cual recibí inesperadamente como premio en el colegio por mis "habilidades artísticas". Ahí debo haber tenido mi primer contacto con Magritte, De Chirico, Delvaux, Dalí y tantos otros de indudable influencia en mis trabajos posteriores.
Muchas veces debo haber considerado la posibilidad de ser artista. La verdad es que salí del colegio sin sospechar siquiera lo que haría de mi vida. Comencé a ganarme la vida en otras cosas, pero recibía constantes llamadas internas hacia otros rumbos que tampoco tenía muy claro cuáles eran. Cerca de cumplir los 30 años, tomé la decisión de aprender a pintar.
Primero comencé en una academia formal llamada la Sociedad Nacional de Bellas Artes, que funcionaba en el Palacio de La Alhambra, ubicado en pleno centro de Santiago. Frente a esta academia estaba la sede de un partido político y como eran los últimos meses del gobierno de Salvador Allende, no era raro que los alumnos termináramos tendidos en el suelo debajo de los caballetes, por las balaceras que ocurrían en la vereda de enfrente. Lo único que aprendí en esa academia fue que pintar era mucho más difícil de lo que yo había supuesto.
Por esta misma razón, mis primeros años de pintor fueron muy difíciles. Sentía una carga interior acumulada por años que necesitaba expresarse. Sin embargo, las limitaciones técnicas me impedían lograr trabajos que yo considerara aceptables. Muchos de mis cuadros terminaron su vida acuchillados, cuando ya la desesperación llegaba al límite. Un pintor que me ayudó muchísimo, corrigiendo mis primeros trabajos, fue Tom Daskam. A él le debo, también, casi todo lo que sé de dibujo. Me lo explicó en apenas media hora; pero la lección en el escritorio de su casa fue tan esencial y precisa que casi bastó con eso.
Otro gran avance fue un curso de dos meses que hice en Austria con el maestro Ernst Fuchs. En su escuela aprendí la técnica mixta de óleo y témpera de huevo, creada en el Renacimiento para pintar la luz en la misma forma en que opera en la naturaleza. Esta forma de trabajo me permitió a la larga estructurar mi propio conjunto de reglas y sistemas, que les daban unidad y coherencia a los cuadros que pintaba; y a crear mi propio universo con su propia atmósfera, con su propia luz, con sus propios personajes y objetos. En realidad, no es otra cosa lo que hacen los pintores.